Si bien no sería atinado afirmar que el saldo que ha dejado la Selección argentina en el mundial de Turquía es negativo, el rendimiento basquetbolístico de Hernández fue el más flojo desde que comenzó la gloriosa época de la generación dorada.
Claro, del equipo que comenzó esta histórica campaña en Indianápolis 2002, sólo jugaron en Turquía tres jugadores (Oberto, Scola y L. Gutierrez). Las ausencias de Ginobili y Nocioni terminaron de diezmar a un equipo que ha perdido en talento individual, pero que sin dudas mantuvo la mística colectiva que lo caracteriza.
Más allá de que en ese fatídico partido de cuartos de final Lituania embocó todo y resultó insuperable, como argentinos debemos asumir que el ciclo en la selección de estos legendarios jugadores está terminando. Ginobili, Oberto, Nocioni y Leo Gutierrez ya son jugadores grandes y cuyo enorme peso en el plantel deberá ser tapado por nuevos talentos. Así, Argentina debe comenzar un necesario recambio de cara a las próximas competiciones.
Scola y Delfino necesitarán de otros jugadores afianzados si desean llevar a la Argentina a la cima nuevamente. Por eso, deberán ganar más minutos jugadores como Jasen, Cequeira o Juan Gutierrez, e ir insertándose de a poco nuevas esperanzas, como el joven Juan Fernández (brilla en la liga universitaria de EE.UU.).
Algo es seguro, la generación dorada ha dejado un legado, un fuego sagrado que se notó cada vez que el chiquito Cequeira defendía un balón con su vida; una intensidad que se percibía en cada robo de Jasen; una garra que se notó en cada intento de Paolo Quinteros. La actitud, el sello por excelencia que ha llevado a la Selección Nacional a estar entre los mejores del mundo, sigue latiendo en el pecho de cada integrante del plantel.
Por eso digo que la mística está y estará intacta, sólo falta esperar la llegada del recambio.

Matías Di Natale

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